El regreso a los escenarios de uno de los mitos del rock andaluz


Cuando Antonio Samuel Rodríguez (Sevilla, 1952) no era todavía Antonio Smash mantenía un pulso diario con su querido padre, Antonio, un amante del flamenco que no tragaba que su hijo adolescente fuera por la calle con una melena de hippie-rockero que le rozaba la cintura. Aquel delgado chaval del barrio de Triana que amaba la música que llegaba de Estados Unidos vía la base de Morón era una rareza en la Sevilla nada menos que de 1967 o 1968 donde sin embargo estaba fraguando una de las escenasunderground más innovadoras de España.

Recuerda que su padre le reprendía al verlo en la cama de día con la oreja planchando la almohada: «¡A ver si te levantas ya, que estás todo el día acostado!». Y él le respondía: «¡Estoy trabajando!». Y era verdad. No estaba durmiendo como un vago, sino trabajando y aprendiendo música a su modo: «Ponía los altavoces del tocadiscos debajo de la almohada y pegaba la oreja para poder distinguir mejor los bajos».

El Antoñito autodidacta de entonces sigue volcado «las 24 horas del día» a la música medio siglo después. Fue con su batería uno de los fundadores del mítico grupo Smash y ahora ha sacado su tercer disco en solitario como cantante, Intronauta, tras Jardín secreto(2002) y Balas de amor (2010).

El hijo rebelde

Guarda un cariñoso recuerdo del enfrentamiento generacional de la época. Cuando su padre le echaba la bronca, el hijo rebelde se volvía americano y no entendía nada: «Yo le contestaba en inglés, ‘Excuse me, I don’t speak Spanish, I don’t understand you‘». Empezó tocando la batería. «Me la compré por partes y ensayaba en secreto». El progenitor le acabó pidiendo que por lo menos se dejara el pelo como los Beatles, más corto. Sin saberlo, el padre estimuló con sus cortapisas la creatividad del hijo, quien se resistió a las incomprensiones sociales de la España tardofranquista ejerciendo su libertad con mente abierta, como toda su música, que no se encasilla en ningún estilo y bebe de todos.

 

 

Los Smash: arriba, Henrik y Julio; abajo, Antonio y Gualberto.

Con amigos quinceañeros tocaba en una banda que llamaba la atención de los músicos más adultos por el desparpajo de sus versiones de los Rolling o de Percy Sledge. Un misterioso hombre joven vestido de negro solía acudir a sus conciertos. «Se ponía en un rincón a escuchar y se iba sin decirnos nada». Era Gualberto García, componente del grupo Gong, cuyo mánager, Gonzalo García-Pelayo, le había encargado que formara una nueva banda tras la disolución de aquélla. Así crearon Smash junto a Julio Matito y el danés Henryk Michael. Corría 1968 y Antonio era con sus 16 recién cumplidos el más joven de una banda revolucionaria. Les gustaban desde Cream y Simon&Garfunkel a Frank Zappa y Bob Dylan, pasando por Los Beatles. Recuerda que los discos extranjeros llegaban a Sevilla antes que al resto de España gracias a los contactos de García-Pelayo con personal de la base estadounidense de Morón, que le permitían abastecer su tienda Dom Gonzalo en el barrio de Los Remedios con los canciones que acababan de publicarse en Estados Unidos.

Fusión revolucionaria de rock y flamenco

En los dos discos que publicaron los originarios Smash entre 1968 y 1970, Glorieta de los Lotos y We come to smash this time (más varios singles), trajeron el rock progresivo mezclado al funk o la psicodelia, pero además lo fusionaron todo después con el flamenco local, creando ese original mestizaje que abrió nuevos caminos en la música española por los que Antoñito o Antonio Smash (ahí le pusieron el nombre artístico) sigue transitando a sus 63 años. Su nuevo disco como solista, que presentará con su banda el 19 de mayo a las 19 horas con un miniconcierto gratuito en la FNAC de Sevilla, es «un viaje interior [de ahí el Intronauta] que refleja los tiempos duros de hoy con ironía y humor», y sintetiza su carrera, con un aire fresco que une el presente y el pasado, California y Andalucía.

Hombre austero y muy sensible y amable pese a la pose de rockero duro que pueda aparentar la foto con la guitarra en ristre y las gafas oscuras, ha creado el disco en la soledad del estudio que tiene en una habitación de su piso del barrio trianero del Tardón, componiendo la música de todos los temas y grabando por separado cada instrumento -batería, bajo, guitarra, teclados- para tener más autonomía y ahorrar tiempo y costes. Luego, con la base terminada, ha pedido colaboraciones a amigos para incluir sus solos de guitarra o saxo y para que le escriban las letras -menos una que firma él-. Por ejemplo, Kiko Veneno le ha escrito Doctor Man.

A través de Kiko Veneno, con quien trabajó entre 1992 y 1998, inició su carrera en solitario. Iba en una gira por España en un espectáculo conjunto de Veneno con Santiago Auserón, el antiguo líder de Radio Futura reconvertido en Juan Perro. «Cuando acabábamos los conciertos, en una habitación del hotel nos reuníamos y yo tocaba algo. Santiago Auserón me animó y me publicó los dos primeros discos en su sello, La Huella Sonora». El tercer disco se lo distribuye la discográfica de Madrid Youkali Music.

La música que no cesa

Siente que la aventura de Smash -su tema Forever Walking es suyo- terminó demasiado pronto. «No duramos el suficiente tiempo para madurar»; y su resurrección se frustró trágicamente cuando el cantante y bajo Julio Matito murió en un accidente de tráfico en 1979 justo cuando estaba reorganizando el grupo.

Sin embargo, en el fondo, como un movimiento subterráneo, el espíritu de Smash ha continuado en Antonio y alrededor todo este tiempo. Trabajó durante años con Manuel Molina, de Lole y Manuel, que también había participado en Smash. Fundó Goma en 1974, tocó con Silvio y Luzbel y desde 1987 fue músico, compuso y produjo para los Pata Negra, los hermanos Rafael y Raimundo Amador, a los que se incorporó para ayudar a terminar su disco El blues de la frontera.

La fusión de rock y flamenco que ayudó a inventar con Smash a principios de los 70 significó también la reconciliación fecunda con la cultura musical de su padre, quien por su parte también cedió lo suyo para ir a ver los conciertos de su hijo y acoger como huéspedes en el piso familiar de la trianera calle Fabié a jóvenes de todo pelaje amigos de éste.

Antonio Smash no ha dejado de aprender: cuenta que con 35 años se metió por primera vez en el Conservatorio de Música y, venciendo los recelos tanto de los académicos de dentro como los rockeros de fuera, completó ocho años de solfeo, composición y otras materias. Es un virtuoso, pero avisa durante la charla en el parque de los Príncipes que al replica bolsos final la música que busca se supedita al sentimiento: «Hago lo que me llega al corazón». Sigue siendo, sin hacer ruido, el chaval independiente de 1968: «Tengo una libertad total para crear. No hago dos temas iguales. Hoy día con más conciencia, conocimiento y experiencia». Si no le hacía caso a su querido padre, no se doblegará con nadie más.